Lo que te decía, Julio, masticáte esa palmerita y atendeme, acerca de las bolsas del supermercado; esas que mi hermano guarda, una dentro de la otra, para terminar anudadas donde yo creo, apiladas a un lado de la leña, algunas trepadas a los troncos, otras cayendo de tan acumuladas y cuando no las ven, sí, adormecidas. Las mismas que hacen nudo al ser tironeadas en sus puntas ¿Lo notaste? Jodéme. Simulando contener deshechos y basura en su interior pero no, papeles hechos bollo, letras húmedas borrascosas y esquinas de cartón sabor pizza destilan de repente ´él todavía´, y la resaca de tufo a domingo sulfatado, solventando en su bostezo el slogan ´viva el reciclado´del onceavo mandamiento: ´no reducirás, jamás, el deseo a la demanda´ y entonces ¡chau! a las botellas, ésas que se vacían de la nada las muy putas, y de golpe porrazo hacen silencio, tornándose ligeras y asomando así, como queriendo escapar de mi cabeza. ´Ya te dije´, acota el otro, no me voy a cansar nunca de repetirte:¿Te fijaste la cáscara por dentro? Se deja ver (entre mezclándose con los restos de lasagna) Y pensar que de todo-todo, solo queda el recuerdo del sonido en la pajita de la espuma de aquél licuado sublime, y nunca combinado (love is about trust), mientras la media naranja resignada, mira hacia abajo y junta saliva, entregándose valiente al paso del tiempo y entonces un te quiero se deliza, veloz, mojando el nylon y separado ya, de su hilo. *Es la parte en que mirando hacia arriba el pie se dobla en el aire para caer perfecto, cuarto perfil consagrado; tumbando el tronco gruñe el quebracho y vuelve a latir en el tobillo, cual héroe que respira hondo, barre del techo las telarañas, le hinca el colmillo al chicle globo rezando por la jirafa endeudada (de tanto buscar el techo) y adiós a la sed: traga, abre la bolsa de Disco e insulta para adentro (en simultáneo) mientras insiste en cerrarse, limpia con sus dedos el flequillo del escobillón (todo para encontrarse de nuevo con la pregunta acerca de la pelusa inolvidable) sale de su ombligo, da 2 pasos para continuar, sigue y se olvida (lo resuelve:) Cuelga la pala desparramando con el mismo pie la línea de polvo que dibuja el piso, barrido sobre los mosaicos, baja dos escalones esparsiendo tolerancia o liviandad y, mirando hacia abajo como debe ser, vuelve a empezar. Así de simple. Increíble Julio -te decía- si me vieras ahorita mismo en mi jardín, recogiendo las piñas del día para fabricar sobre ellas, artesanías por la noche. Me he vuelto hipi y ya bien sabes, prefiero enmarcarme en la tangente. Te decía entonces, Pedro, éso y todo lo que hay que hacer, además de equivocarse, para quedarse callado hasta respirar de nuevo, y sacar la basura de casa cuando pasa, si es que pasa, un día más.
domingo, 22 de enero de 2012
viernes, 23 de diciembre de 2011
Ilusión
Estáte advertido -susurró. Papá Noel puede ser cualquiera; el muy hijo de puta se disfraza de persona normal y nadie lo sabe. Eso quiere decir que podés subirte con él en el ascensor, estarte al lado y no reconocerlo, por ejemplo. ¿Te parece poco? Yo por las dudas, entre hoy y mañana, uso las escaleras de servicio. Dale nene, vamos, seguíme... Que al shopping sola no voy ni loca.-
sábado, 5 de noviembre de 2011
De Eucalipto y Bienestar
Les voy a pedir* que arranquen los rulos al costado de las hojas, así no se me enganchan los escritos, antes de entregar el parcial. No se olviden del nombre por favor, bien claro y arriba, si es al margen mejor.
Manuel no sabe bien cómo volcar en su examen todo lo aprendido y, ciertamente, la idea de su ignorancia pareciera no importarle demasiado. Manuel camina lento, mirando el piso y -aunque parezca redundante- solo levanta la vista cuando deja de ver las baldosas bajo sus pies. Es prolijo , clásico; extremadamente tímido y con ciertas dificultades para reconocerse en las fotos de su cumpleaños como un integrante mas de su familia. Sueña con ser un ganador como su hermano Enzo: un tipo de esos que se destaca haciendo resto por encima del montón. Manuel en cambio, a diferencia de Enzo, suele evitar los espejos. Fanático de Tigre y de las Mogul multifruta, muchas veces se encuentra sonriendo sin ser feliz. Presenta un síntoma particular: siente pánico de pisar y aniquilar algún insecto mientras camina (temor que se incrementa (acentuándose) cada vez que necesita atravesar el arenero de la placita de Olleros para subirse al tobogán). A Manuel le encanta ir a la plaza. Todos los días, pasadas unas horas del mediodía, lleva a cabo el mismo ritual: prepara un té de frutos rojos y lo deja enfriar dentro del microondas mientras espera, ansioso, que el reloj se ponga a las tres (hora en que su madre se levanta de la siesta y se calza los mocasines tomando un sorbo de café con aspirina, mientras que con la otra mano busca las llaves para iniciar el paseo vespertino) - ¿Qué hora es, Manuel? – La hora que vos querés, repite y agrega: - Eso me lo enseño mamá. La plaza de Olleros se ubica en el centro de dos calles. Cuenta con los juegos básicos y una fuente en la que Manuel se detiene siempre, religiosamente, a pedir su único deseo: volver a coincidir con Wanda en aquella plaza cada tarde, cerca de las 5. Wanda es una rubia pelirrojona de cabello bien finito, ojos achinados y brillosos, orejas en punta y nariz respingada. De manos particulares, suele permanecer tildada en la esquina del arenero con la boca abierta pensando en cualquier cosa. Manuel sufre horrores cada vez que Wanda corre libre, con los cordones desatados. Hay algo en su rostro que a Manuel le resulta familiar y tan es así, que se la pasa tratando de evocar a quien le hace recordar, mientras ella una y otra vez, hecha bomba de humo ante el resto y desaparece. Hasta incluso inventó un juego donde a la hora de dormir, antes de conciliar el sueño, en lugar de contar ovejitas cuenta los bucles tirabuzones que bailan simpáticos, a la altura de los hombros de su amada. Manuel tiene un deseo: hamacarse con Wanda y cruzarse con ella en el aire. Pendular. Recrea una y otra vez la escena en su mente y ya lleva gastadas 25 monedas de su abuelo, arrojadas de espaldas al fondo de la fuente. Manuel espera que el azar le permita la posibilidad; siente que por ella hubiera sido capaz de esperar toda su vida hasta aquel jueves, día de esperanza (dijo el abuelo pasando el mate) en que por fin se le animó. Poseído de un coraje tan soberbio como ajeno y hostigado ya, (al conocer de memoria los 3 senderos de los 3 hormigueros de su plaza) Manuel se levanta encojiendo sus hombros, y, sintéticamente, pide a Ramón que le ceda la hamaca. Sin mirar a Wanda, permanece con la vista perdida hacia abajo, junta aire y hecha envión sobre sus pies, caminando en puntitas hacia atrás. A un pie de su hazaña, Wanda suelta su hamaca y corre a los brazos de su madre a sonarse la nariz. La hamaca de Wanda queda suelta en el aire hasta que dos niños alborotados pelean por ella, sosteniendo y tironeando a la vez de sus cadenas. Manuel en cambio, solo siente latir su corazón. Tiene ganas de llorar pero se las aguanta. Mira hacia abajo derrotado y sin esperarlo, escucha su nombre. El viento seca su frente, levanta la vista y se reconoce en los labios mudos de Wanda. Enseguida entiende que lo está llamando y , cerrando su boca, se arrima tímido al otro lado del subibaja. Wanda se baja y entre los dos, acomodan el tablón a la mitad. Cuando Manuel está por subir, wanda se adelanta y la parte de madera del lado de Manuel da justo sobre su pera y zaz… Manuel pierde su primer diente. Junta saliva, se lo traga y sube de su lado. Mirando a Wanda entre subidas y el bajadas, solo piensa en qué argumentos presentarle al Ratón Pérez ante lo sucedido, con el fin de obtener más monedas…
*Por suerte tiempo después se reencontrarían en el C.A.E.N.S.D (Centro de Apoyo Escolar al Niño con Síndrome de Down) y –lógicamente- ya no les sería tan fácil reconocerse compartiendo una mesa, pasados 10 años y puntuales ahí: frente a frente, justo a la hora del té.
Machete en mano doble el troquelado, corté el resto y lo entregué. Recién a la clase siguiente supe mi nota tachada, superpuesta y re escrita, por encima del único parcial suelto a un lado. Y sin nombre.
Manuel no sabe bien cómo volcar en su examen todo lo aprendido y, ciertamente, la idea de su ignorancia pareciera no importarle demasiado. Manuel camina lento, mirando el piso y -aunque parezca redundante- solo levanta la vista cuando deja de ver las baldosas bajo sus pies. Es prolijo , clásico; extremadamente tímido y con ciertas dificultades para reconocerse en las fotos de su cumpleaños como un integrante mas de su familia. Sueña con ser un ganador como su hermano Enzo: un tipo de esos que se destaca haciendo resto por encima del montón. Manuel en cambio, a diferencia de Enzo, suele evitar los espejos. Fanático de Tigre y de las Mogul multifruta, muchas veces se encuentra sonriendo sin ser feliz. Presenta un síntoma particular: siente pánico de pisar y aniquilar algún insecto mientras camina (temor que se incrementa (acentuándose) cada vez que necesita atravesar el arenero de la placita de Olleros para subirse al tobogán). A Manuel le encanta ir a la plaza. Todos los días, pasadas unas horas del mediodía, lleva a cabo el mismo ritual: prepara un té de frutos rojos y lo deja enfriar dentro del microondas mientras espera, ansioso, que el reloj se ponga a las tres (hora en que su madre se levanta de la siesta y se calza los mocasines tomando un sorbo de café con aspirina, mientras que con la otra mano busca las llaves para iniciar el paseo vespertino) - ¿Qué hora es, Manuel? – La hora que vos querés, repite y agrega: - Eso me lo enseño mamá. La plaza de Olleros se ubica en el centro de dos calles. Cuenta con los juegos básicos y una fuente en la que Manuel se detiene siempre, religiosamente, a pedir su único deseo: volver a coincidir con Wanda en aquella plaza cada tarde, cerca de las 5. Wanda es una rubia pelirrojona de cabello bien finito, ojos achinados y brillosos, orejas en punta y nariz respingada. De manos particulares, suele permanecer tildada en la esquina del arenero con la boca abierta pensando en cualquier cosa. Manuel sufre horrores cada vez que Wanda corre libre, con los cordones desatados. Hay algo en su rostro que a Manuel le resulta familiar y tan es así, que se la pasa tratando de evocar a quien le hace recordar, mientras ella una y otra vez, hecha bomba de humo ante el resto y desaparece. Hasta incluso inventó un juego donde a la hora de dormir, antes de conciliar el sueño, en lugar de contar ovejitas cuenta los bucles tirabuzones que bailan simpáticos, a la altura de los hombros de su amada. Manuel tiene un deseo: hamacarse con Wanda y cruzarse con ella en el aire. Pendular. Recrea una y otra vez la escena en su mente y ya lleva gastadas 25 monedas de su abuelo, arrojadas de espaldas al fondo de la fuente. Manuel espera que el azar le permita la posibilidad; siente que por ella hubiera sido capaz de esperar toda su vida hasta aquel jueves, día de esperanza (dijo el abuelo pasando el mate) en que por fin se le animó. Poseído de un coraje tan soberbio como ajeno y hostigado ya, (al conocer de memoria los 3 senderos de los 3 hormigueros de su plaza) Manuel se levanta encojiendo sus hombros, y, sintéticamente, pide a Ramón que le ceda la hamaca. Sin mirar a Wanda, permanece con la vista perdida hacia abajo, junta aire y hecha envión sobre sus pies, caminando en puntitas hacia atrás. A un pie de su hazaña, Wanda suelta su hamaca y corre a los brazos de su madre a sonarse la nariz. La hamaca de Wanda queda suelta en el aire hasta que dos niños alborotados pelean por ella, sosteniendo y tironeando a la vez de sus cadenas. Manuel en cambio, solo siente latir su corazón. Tiene ganas de llorar pero se las aguanta. Mira hacia abajo derrotado y sin esperarlo, escucha su nombre. El viento seca su frente, levanta la vista y se reconoce en los labios mudos de Wanda. Enseguida entiende que lo está llamando y , cerrando su boca, se arrima tímido al otro lado del subibaja. Wanda se baja y entre los dos, acomodan el tablón a la mitad. Cuando Manuel está por subir, wanda se adelanta y la parte de madera del lado de Manuel da justo sobre su pera y zaz… Manuel pierde su primer diente. Junta saliva, se lo traga y sube de su lado. Mirando a Wanda entre subidas y el bajadas, solo piensa en qué argumentos presentarle al Ratón Pérez ante lo sucedido, con el fin de obtener más monedas…
*Por suerte tiempo después se reencontrarían en el C.A.E.N.S.D (Centro de Apoyo Escolar al Niño con Síndrome de Down) y –lógicamente- ya no les sería tan fácil reconocerse compartiendo una mesa, pasados 10 años y puntuales ahí: frente a frente, justo a la hora del té.
Machete en mano doble el troquelado, corté el resto y lo entregué. Recién a la clase siguiente supe mi nota tachada, superpuesta y re escrita, por encima del único parcial suelto a un lado. Y sin nombre.
martes, 4 de octubre de 2011
Miau
Te quiero como gata boca arriba,
panza arriba te quiero,
maullando a través de tu mirada,
de este amor-jaula
violento,
lleno de zarpazos
como una noche de luna
y dos gatos enamorados
discutiendo su amor en los tejados,
amándose a gritos y llantos,
a maldiciones, lagrimas y sonrisas
(de esas que hacen temblar el cuerpo de alegría)
Te quiero como gata panza arriba
y me defiendo de huir,
de dejar esta pelea
de callejones y noches sin hablarnos,
este amor que me marea,
que me llena de polen,
de fertilidad
y me anda en el día por la espalda
haciéndome cosquillas.
No me voy, no quiero irme, dejarte,
te busco agazapada
ronroneando,
te busco saliendo detrás del sofá,
brincando sobre tu cama,
pasándote la cola por los ojos,
te busco desperezándome en la alfombra,
poniéndome los anteojos para leer
libros de educación del hogar
y no andar chiflada y saber manejar la casa,
poner la comida,
asear los cuartos,
amarte sin polvo y sin desorden,
amarte organizadamente,
poniéndole orden a este alboroto
de revolución y trabajo y amor
a tiempo y destiempo,
de noche, de madrugada,
en el baño,
riéndonos como gatos mansos,
lamiéndonos la cara como gatos viejos y cansados
a los pies del sofá de leer el periódico.
Te quiero como gata agradecida,
gorda de estar mimada,
te quiero como gata flaca
perseguida y llorona,
te quiero como gata, mi amor,
como gata, Gioconda,
como mujer,
te quiero.
¨Como gata boca arriba¨ de Gioconda Belli.
panza arriba te quiero,
maullando a través de tu mirada,
de este amor-jaula
violento,
lleno de zarpazos
como una noche de luna
y dos gatos enamorados
discutiendo su amor en los tejados,
amándose a gritos y llantos,
a maldiciones, lagrimas y sonrisas
(de esas que hacen temblar el cuerpo de alegría)
Te quiero como gata panza arriba
y me defiendo de huir,
de dejar esta pelea
de callejones y noches sin hablarnos,
este amor que me marea,
que me llena de polen,
de fertilidad
y me anda en el día por la espalda
haciéndome cosquillas.
No me voy, no quiero irme, dejarte,
te busco agazapada
ronroneando,
te busco saliendo detrás del sofá,
brincando sobre tu cama,
pasándote la cola por los ojos,
te busco desperezándome en la alfombra,
poniéndome los anteojos para leer
libros de educación del hogar
y no andar chiflada y saber manejar la casa,
poner la comida,
asear los cuartos,
amarte sin polvo y sin desorden,
amarte organizadamente,
poniéndole orden a este alboroto
de revolución y trabajo y amor
a tiempo y destiempo,
de noche, de madrugada,
en el baño,
riéndonos como gatos mansos,
lamiéndonos la cara como gatos viejos y cansados
a los pies del sofá de leer el periódico.
Te quiero como gata agradecida,
gorda de estar mimada,
te quiero como gata flaca
perseguida y llorona,
te quiero como gata, mi amor,
como gata, Gioconda,
como mujer,
te quiero.
¨Como gata boca arriba¨ de Gioconda Belli.
sábado, 17 de septiembre de 2011
El hada color café
El mundo: un oso a cuerda mas quieto que detenido y yo ahí: ¡Tan desnudita y muerta de sueño! Escucháme bien, dijo: - primero hay que sacarse, sacarse todo, hasta volver a transitar por las mismas calles sin sentir frío. Por suerte y por costumbre, siempre juego a esconder mis piernas para estirarlas luego, por dentro del camisón o la remera. Y si tengo que decir algo, voy a decir que me extraño no haber recibido ningún mensaje. Aún así me basto con verlo ahí parado, para olvidarme de todo. Al principio permanecí capturada, en eje; paralela a la parada del 60´, embelesada en su soltura, esa misma soltura que gira alrededor de todo, contagiando al mutismo en todos sus ruidos, impregnando cualquier palabra o cualquier cosa con su voz; soltando: -Fijate como es: después del 60, a todo lo que da, viene el 59. Y si lo pensás bien, el último frena antes que el primero. Yo me subo y me agarro solo. Vos saca.
Imaginaran que no fue fácil desprenderme de tantas escenas; sobre todo cuando al entrar a la oficina encontré –al fin- la alarma desactivada. Entré sintiendo que iba a poder liberarme, (a cambio claro), de permanecer encerrada por un rato. De última si vienen los ladrones, atenti al giro, me escondo debajo de la kichinet y sanseacabó. Aunque, pensándolo bien, tal vez no sea que se cortó la luz; tal vez caí en una trampa y quien te dice al fin y al cabo, eso es el amor. ¿O no? Fue entonces cuando preferí bajar y esperar a que llegase el primer energúmeno de todos los consultores únicamente para volver a subir, esta vez, protegida. Sin embargo, algo sucedería en el medio. Llame a mi jefe, quien, al no responder, no me dejó otra alternativa que irme ya sin esperarlo. Después de todo, no todos los días una tiene la posibilidad de conocer a sus ídolos y para eso, claro está, tenía que llegar lo antes posible. As Soon As Posible. Y así fue. Qué loca situación. La facultad se encontraba repleta, con olor a plaza Italia; así como una fiesta antes de ser estrenada. LLena de pancartas y de recomendaciones (había elecciones, viste.) Demasiado rosa ahumado alrededor de tanto tipo vago, adornado de barbita desprolija, sudando la frente a cambio de entregar el micrófono. Si es por mí, debo confesar que me sorprendió encontrar un lugar en la parte de adelante de la cola y, al caer en la cuenta de que tendría que entregar (además) mi nombre (a modo de llenar uno de esos diplomas que te otorgan por asistir a un curso), recorrí todos los personajes que me rodeaban (con el fin de elegir uno), para cuando al escuchar su voz llamándome logre al fin recordarme, otra vez. Enseguida se acerco haciendo a un lado a los unos y a los otros y (mientras me contaba lo mucho que le había divertido mi comentario sobre su muro), fuimos solapadamente llevados al borde del pasillo por una especie de ola gigante de gente que poco a poco se fue desplazando haciendo espacio ante la llegada de la docente estrella. -Ahí está el gran otro, dijo. Y me miró. -Esa es? Está hecha mierda, contesté esquivando su mirada y sin dudarlo -No la conocías? ¿Vos no la conocías? -Jamás la había visto. ¡And that don´t mean a thing, Carmelo! ¿Entramos? (lo apuré) Hey! ¿Sos loco vos? Qué me empujas, pibito; correte hacélfavor. Ahora sí: el aula 16 estaba cambiada (olía distinto.) Para no sentirnos protagonistas decidimos ubicarnos en la segunda fila. La misma que luego del intervalo (y a causa de la demanda de los espectadores, tal como nosotros) se convertiría en la décima. Automáticamente comencé a saludar mirando a cámara y entendí que ya no sería lo mismo: sus palabras volarían; serían retransmitidas al aula mayor para las 500 personas que permanecerían fuera, al llegar tiempo después o pasadas las 19.45hs. Entonces todo por un instante fue distinto: nos encontramos siendo otros y sintiéndonos unos privilegiados (por un rato) -Ahí viene ¿Estás nerviosa? -¿Nerviosa yo? Callate, Juan. No me dejás escuchar! Hace silencio. –Sí. –Prometémelo*. Y así comenzamos. Parecía que le había costado muy poco empujar las puertas del aula con sus muletas gastadas, espiando por las ventanitas para entrar y poder así, acceder a su audiencia. Si pudiera definirla, diría que es la mujer lámpara y hasta más que eso. Vestida de negro por su tapado ondulante, pañoleta de arabescos violetas combinados de amarillos al cuello, y mucha sombra color cielo en unos párpados enmarcados por sus pestañas. Sus manos eran un espectáculo aparte. Regordetas, me detuve en la línea de su vida. Esa misma que, para cualquiera a simple vista, dibujaría la mitad de una sonrisa tan mofletuda, que parecería eterna. A lo largo de su brazo correteaba una de esas pulseritas tipo acrílico, símil gelatina verde sabor manzana arenosa, de gusto color shampoo, rellena a trozos de fruta, o algo así. El pelo todo hacia arriba, así como si la hubiese agarrado un soplete por la calle, o como si permaneciese colgada, al revés. Parecía Morita, la enfermera con extensiones brasileña a cargo de la sala de terapia intermedia; la de los días Domingos, te acordás? La misma que para decir amor, me cambia la o por la ü. (¿Viste eso? Por entendernos es que nos sobran las palabras) Y todo por la culpa del Dr Di Pache, dice. Alias Mr Wiskas o comida para gatos. Pero no pasa nada. Habitualmente nunca soy así, responde, acomodando la gasa en el vaso de plástico que trajo de recepción, a la hora de mis remedios. Her soul slides away, pensé. O no se. Lo que sí se es lo mucho que tuve que concentrarme brutalmente en hacer a un lado la súbita alegría de sentir que, finalmente había llegado el día y entonces por fin Dragon Z Ball se ubicaba ahí, justo frente a mí. Apoyo sus muletas al borde del pizarrón, se sentó, y repasó bien sus apuntes antes de lanzarse a hablar. Y claro que no voy a entrar en detalles acerca de la papanata disfrazada de ejecutiva workahólic de la palabra que contó con el honor de presentarla (pavada de desperdicio), a cambio de un voto. Qué manera de especular ¡por Dios! Sigo. Signada por el entusiasmo de un comienzo apagué el teléfono a modo de no escuchar. Cerré la cartera y entonces por fin sucedió. Doblando el cuello y entre todas las cabezas que nos separaban logré verla, acomodándose entre sus renglones y tomando las letras por las astas para arrancar cobijando a sus oyentes con todas sus palabras en un: -Atención. Voy a contar un lapsus. Mucho se comenta en estos edificios acerca de mi relación con Lacan, mejor dicho, quiero decir, que es cierto lo que se comenta: tuve la suerte de conocerlo. Y ante el asentimiento de la audiencia continuó: -sabrán entonces que fui convocada para su último seminario en Caracas. Sin entrar en detalles, lo cierto es que permanecí unos días y a la hora de regresar, buscando en mi sobre de mano, caí en la cuenta de que había perdido el pasaje de vuelta*… Imaginarán que en ésa época no había pasajes electrónicos y tampoco para entonces, nada se solucionaba con un click. Un pasaje salía mucha guita en ésa época además, imaginate. Entonces ahí estaba yo, con todas mis dudas en el aeropuerto y Lacan, tan él, definiendo con un: ¨dese cuenta Diana, usted quiere quedarse…¨ Y tenía razón. Mi olvido lo decía todo. Claro que esto fue hace 30 años, aunque a veces creo que si nos viésemos de nuevo, a pesar de tanto tiempo aún nos reconoceríamos. Y era lógico: tan arduo había sido mi trabajo para que me acepte entre los suyos…/ Después se detuvo en la palabra letra en francés. Palabra que no recuerdo y que jamás podría traducir por que tal como dijo aquél, mi letra no hace escritura (y es que no para de hablar.) La conferencia prosiguió con la retórica acerca de los pagos del analista y en un suculento arrebato teórico que realmente no podría repetir (me quedé dormida) y entonces recordé los teóricos de la mañana en la facultad, ahí donde vivíamos esperando que todo terminara de una vez. De repente bostecé, y entre los dedos de mi bolsillo, asomo imprevisto el souvenir-recuerdo de uno de esos tantos eventos de la obligación roscosa. De una me alegré. Salvada por la costumbre y a modo de consolarme (a la heladera no le vendría nada mal un imán nuevo, después de todo), volví a prestarle atención a lo mío. Para cuando desperté, concluyó apoyando el micrófono en la mesa, buscando insistentemente al tipo de barbita de frente sudada. Dejó de hablar y lógicamente acto seguido las luces se apagaron. Mientras una fanática de rulos se acercaba a pedirle un autógrafo, junté lo que pude del coraje retumbante en mi pecho, levante la mano conteniendo el ahogo y esperé ahí, con la mirada posada en ella, a que recibiera las ondas expansivas. Alzando sus cejas incorporé mis hombros hacia delante, interpelando: -Dígame Diana ¿Buscar un sentido es buscar un pasado? -Puedo decir que después de mucho tiempo, me dejás pensando. ¿Vos crees en Dios?, respondió. – Sí. Me acaba de vender un pasaje para El Calafate, arremetí. –Haces bien: `el que come Calafate siempre vuelve´…
Cuando salí, llegué a planta baja de un soplo. El ascensor se abrió trayendo consigo el alivio consecuente. Encendí el celular. Al rato cayeron dos llamadas perdidas y un mensaje de mi jefe: Cas, anoche tuvimos que cortar la luz en la oficina para reiniciar los servidores. No te asustes si mañana la alarma está desactivada. Está todo bien. Yo llego a las 10.
Claro que para ese entonces yo recién llegaba a la oficina. Trotando por las calles, cual caballito de calesita en plaza, fui aprehendiendo de a poco a llegar a mi tiempo. Empuje la puerta y escuchando la voz del ascensor suspiré. Subí, me peiné un poco con los dedos y entonces pude reconocerme transpirada, en sus paredes espejadas, cuando mirando hacia adelante, pude ver casi, todo lo que iba dejando detrás. Otra vez las aureolas debajo de los brazos en las remeritas, pensé. Soy mi sínthoma y tengo sentido. (Al fin y al cabo la puerta había resultado mas pesada*que imponente.) Algo frágil... Y de vidrio.
Imaginaran que no fue fácil desprenderme de tantas escenas; sobre todo cuando al entrar a la oficina encontré –al fin- la alarma desactivada. Entré sintiendo que iba a poder liberarme, (a cambio claro), de permanecer encerrada por un rato. De última si vienen los ladrones, atenti al giro, me escondo debajo de la kichinet y sanseacabó. Aunque, pensándolo bien, tal vez no sea que se cortó la luz; tal vez caí en una trampa y quien te dice al fin y al cabo, eso es el amor. ¿O no? Fue entonces cuando preferí bajar y esperar a que llegase el primer energúmeno de todos los consultores únicamente para volver a subir, esta vez, protegida. Sin embargo, algo sucedería en el medio. Llame a mi jefe, quien, al no responder, no me dejó otra alternativa que irme ya sin esperarlo. Después de todo, no todos los días una tiene la posibilidad de conocer a sus ídolos y para eso, claro está, tenía que llegar lo antes posible. As Soon As Posible. Y así fue. Qué loca situación. La facultad se encontraba repleta, con olor a plaza Italia; así como una fiesta antes de ser estrenada. LLena de pancartas y de recomendaciones (había elecciones, viste.) Demasiado rosa ahumado alrededor de tanto tipo vago, adornado de barbita desprolija, sudando la frente a cambio de entregar el micrófono. Si es por mí, debo confesar que me sorprendió encontrar un lugar en la parte de adelante de la cola y, al caer en la cuenta de que tendría que entregar (además) mi nombre (a modo de llenar uno de esos diplomas que te otorgan por asistir a un curso), recorrí todos los personajes que me rodeaban (con el fin de elegir uno), para cuando al escuchar su voz llamándome logre al fin recordarme, otra vez. Enseguida se acerco haciendo a un lado a los unos y a los otros y (mientras me contaba lo mucho que le había divertido mi comentario sobre su muro), fuimos solapadamente llevados al borde del pasillo por una especie de ola gigante de gente que poco a poco se fue desplazando haciendo espacio ante la llegada de la docente estrella. -Ahí está el gran otro, dijo. Y me miró. -Esa es? Está hecha mierda, contesté esquivando su mirada y sin dudarlo -No la conocías? ¿Vos no la conocías? -Jamás la había visto. ¡And that don´t mean a thing, Carmelo! ¿Entramos? (lo apuré) Hey! ¿Sos loco vos? Qué me empujas, pibito; correte hacélfavor. Ahora sí: el aula 16 estaba cambiada (olía distinto.) Para no sentirnos protagonistas decidimos ubicarnos en la segunda fila. La misma que luego del intervalo (y a causa de la demanda de los espectadores, tal como nosotros) se convertiría en la décima. Automáticamente comencé a saludar mirando a cámara y entendí que ya no sería lo mismo: sus palabras volarían; serían retransmitidas al aula mayor para las 500 personas que permanecerían fuera, al llegar tiempo después o pasadas las 19.45hs. Entonces todo por un instante fue distinto: nos encontramos siendo otros y sintiéndonos unos privilegiados (por un rato) -Ahí viene ¿Estás nerviosa? -¿Nerviosa yo? Callate, Juan. No me dejás escuchar! Hace silencio. –Sí. –Prometémelo*. Y así comenzamos. Parecía que le había costado muy poco empujar las puertas del aula con sus muletas gastadas, espiando por las ventanitas para entrar y poder así, acceder a su audiencia. Si pudiera definirla, diría que es la mujer lámpara y hasta más que eso. Vestida de negro por su tapado ondulante, pañoleta de arabescos violetas combinados de amarillos al cuello, y mucha sombra color cielo en unos párpados enmarcados por sus pestañas. Sus manos eran un espectáculo aparte. Regordetas, me detuve en la línea de su vida. Esa misma que, para cualquiera a simple vista, dibujaría la mitad de una sonrisa tan mofletuda, que parecería eterna. A lo largo de su brazo correteaba una de esas pulseritas tipo acrílico, símil gelatina verde sabor manzana arenosa, de gusto color shampoo, rellena a trozos de fruta, o algo así. El pelo todo hacia arriba, así como si la hubiese agarrado un soplete por la calle, o como si permaneciese colgada, al revés. Parecía Morita, la enfermera con extensiones brasileña a cargo de la sala de terapia intermedia; la de los días Domingos, te acordás? La misma que para decir amor, me cambia la o por la ü. (¿Viste eso? Por entendernos es que nos sobran las palabras) Y todo por la culpa del Dr Di Pache, dice. Alias Mr Wiskas o comida para gatos. Pero no pasa nada. Habitualmente nunca soy así, responde, acomodando la gasa en el vaso de plástico que trajo de recepción, a la hora de mis remedios. Her soul slides away, pensé. O no se. Lo que sí se es lo mucho que tuve que concentrarme brutalmente en hacer a un lado la súbita alegría de sentir que, finalmente había llegado el día y entonces por fin Dragon Z Ball se ubicaba ahí, justo frente a mí. Apoyo sus muletas al borde del pizarrón, se sentó, y repasó bien sus apuntes antes de lanzarse a hablar. Y claro que no voy a entrar en detalles acerca de la papanata disfrazada de ejecutiva workahólic de la palabra que contó con el honor de presentarla (pavada de desperdicio), a cambio de un voto. Qué manera de especular ¡por Dios! Sigo. Signada por el entusiasmo de un comienzo apagué el teléfono a modo de no escuchar. Cerré la cartera y entonces por fin sucedió. Doblando el cuello y entre todas las cabezas que nos separaban logré verla, acomodándose entre sus renglones y tomando las letras por las astas para arrancar cobijando a sus oyentes con todas sus palabras en un: -Atención. Voy a contar un lapsus. Mucho se comenta en estos edificios acerca de mi relación con Lacan, mejor dicho, quiero decir, que es cierto lo que se comenta: tuve la suerte de conocerlo. Y ante el asentimiento de la audiencia continuó: -sabrán entonces que fui convocada para su último seminario en Caracas. Sin entrar en detalles, lo cierto es que permanecí unos días y a la hora de regresar, buscando en mi sobre de mano, caí en la cuenta de que había perdido el pasaje de vuelta*… Imaginarán que en ésa época no había pasajes electrónicos y tampoco para entonces, nada se solucionaba con un click. Un pasaje salía mucha guita en ésa época además, imaginate. Entonces ahí estaba yo, con todas mis dudas en el aeropuerto y Lacan, tan él, definiendo con un: ¨dese cuenta Diana, usted quiere quedarse…¨ Y tenía razón. Mi olvido lo decía todo. Claro que esto fue hace 30 años, aunque a veces creo que si nos viésemos de nuevo, a pesar de tanto tiempo aún nos reconoceríamos. Y era lógico: tan arduo había sido mi trabajo para que me acepte entre los suyos…/ Después se detuvo en la palabra letra en francés. Palabra que no recuerdo y que jamás podría traducir por que tal como dijo aquél, mi letra no hace escritura (y es que no para de hablar.) La conferencia prosiguió con la retórica acerca de los pagos del analista y en un suculento arrebato teórico que realmente no podría repetir (me quedé dormida) y entonces recordé los teóricos de la mañana en la facultad, ahí donde vivíamos esperando que todo terminara de una vez. De repente bostecé, y entre los dedos de mi bolsillo, asomo imprevisto el souvenir-recuerdo de uno de esos tantos eventos de la obligación roscosa. De una me alegré. Salvada por la costumbre y a modo de consolarme (a la heladera no le vendría nada mal un imán nuevo, después de todo), volví a prestarle atención a lo mío. Para cuando desperté, concluyó apoyando el micrófono en la mesa, buscando insistentemente al tipo de barbita de frente sudada. Dejó de hablar y lógicamente acto seguido las luces se apagaron. Mientras una fanática de rulos se acercaba a pedirle un autógrafo, junté lo que pude del coraje retumbante en mi pecho, levante la mano conteniendo el ahogo y esperé ahí, con la mirada posada en ella, a que recibiera las ondas expansivas. Alzando sus cejas incorporé mis hombros hacia delante, interpelando: -Dígame Diana ¿Buscar un sentido es buscar un pasado? -Puedo decir que después de mucho tiempo, me dejás pensando. ¿Vos crees en Dios?, respondió. – Sí. Me acaba de vender un pasaje para El Calafate, arremetí. –Haces bien: `el que come Calafate siempre vuelve´…
Cuando salí, llegué a planta baja de un soplo. El ascensor se abrió trayendo consigo el alivio consecuente. Encendí el celular. Al rato cayeron dos llamadas perdidas y un mensaje de mi jefe: Cas, anoche tuvimos que cortar la luz en la oficina para reiniciar los servidores. No te asustes si mañana la alarma está desactivada. Está todo bien. Yo llego a las 10.
Claro que para ese entonces yo recién llegaba a la oficina. Trotando por las calles, cual caballito de calesita en plaza, fui aprehendiendo de a poco a llegar a mi tiempo. Empuje la puerta y escuchando la voz del ascensor suspiré. Subí, me peiné un poco con los dedos y entonces pude reconocerme transpirada, en sus paredes espejadas, cuando mirando hacia adelante, pude ver casi, todo lo que iba dejando detrás. Otra vez las aureolas debajo de los brazos en las remeritas, pensé. Soy mi sínthoma y tengo sentido. (Al fin y al cabo la puerta había resultado mas pesada*que imponente.) Algo frágil... Y de vidrio.
viernes, 29 de julio de 2011
Un suspiro Bubaloo
Cuando al fin llegué, encontré primero toda su decepción. Asomó sus manitos a mi ventana y frunció el ceño. No podía hablarle pero enseguida descubrí que con alguna que otra de mis muecas, lograría captar algo de su atención para permanecer a su lado. Lo encontré abatido. Separado a la fuerza de su gran amor. Las noches fueron pasando y tuvo que aprender -por mi culpa también- a no mearse encima a costa de pasar frío. El no oía. Y, como ellos, tampoco escuchaba lo que yo podía oir, así como a mi me era imposible leer la música que desprendía, cada vez, el llanto de su risa exagerada. Los primeros días me resultaba entretenido verlo cortar su churrasco, sacudiendo el vaso para pedir más. Le incomodaba mi adicción a la leche pero a su vez, nadie como él adoró tanto mi aliento, cualquiera sea la hora. Los días fueron pasando y había que esperar a que terminase Elvira Romei para que el reloj se ponga a un cuarto y todo se llenase de colores. Llegaba la hora de ir lo a buscar y entonces todo volvía a empezar al cruzar la vía. Podía imaginar el timbre de final y su salida, en mi lugar de adelante por un rato. Después la merienda y la mesita laqueada tan redonda como blanca, para llenarla de migas de alfajores junto a él. Con el tiempo, fuimos pareciéndonos cada vez más y a través de su imagen pude notar el peso de todos los castigos que no tuvo, y que fueron los mismos que necesitó; la liviandad de sus ideales, anclados en su cuerpo y su deseo primordial de ser, en su caso, pianista. A veces creo que su carrera comenzó cuando nací yo y entonces, se decidió a tomar clases para terminar frustrado como todo director de orquesta. Pensar que tuvo que compartir conmigo sus primeras canciones y tolerar lo que no entendia aunque, a diferencia mía, el siempre fue millonario: sabía desde chico lo que quería. Y yo, yo me enojé rotundamente el día que para hacerlo sentir inteligente me pidieron que le mienta, haciéndole creer que necesitaba que me explicase cómo distinguir el sujeto del predicado ¿A vos te parece? ¡Manga de pedantes! Cómo podía ser yo para los demás un genio cuando es a él a quien le debo la venida a este mundo. Entonces me preguntaba cómo podría a conciencia engañarlo, si ahí adentro mientras no veía nada, él fue mi luz, la idea antes de la palabra, o el placer imaginado, antes de la ocasión. Y no es mamá, que el se crea tarado porque perdió el oído con mi llegada. Es, solamente, que el habla otro idioma. El idioma éste, que sólo conocemos los que compartimos (y a elección, también) un vientre cada tanto. Esos, que somos los mismos que pedimos auxilio y entonces nos rescatamos al rotar nuestros vasos, sin necesitar enjuagar los cubiertos si se trata del resto de los que amamos, con tal de ayudar a digerir el odio de aquellos que también, son nuestros amigos. Salut! El hachazo invisible lo sentí yo primero. Con los hermanos mas chicos es algo así como lo que pasa con los gemelos viste: el que llega después, lo siente antes. Y así fue ese Febrero del 2004, cuando la vida lo tumbó y sin dudarlo vendió sus dos preciados instrumentos (el piano recto y el de cola, valga la redundancia) y entonces almacenó todo aquello que dejó de oír, y ahí donde todos se reían al ver el kilo de helado cual taza en sus manos, yo compartía, junto a él, el inicio de un proceso. Tal vez era que sucedía algo parecido a los días domingo, cuando mi alegría al despertar era verme al fin vestidita como él, para pasar por debajo del túnel de Libertador, y jugar al ahorcado en los vidrios siempre empañados que recuerdo, hasta que bajaba papá de dar un alta para una vuelta a casa, o bien, de sacar algunos puntos de la herida suturada de alguna paciente anónima que descansaba entre las monjas del Mather Day o el Anchorena. Era todo rayado, mezclado con algo de jean, cordones y lanas. Abrigados por amor, aunque a diferencia mía, el nunca transpiraba y si me preguntas a mi, yo creo que fue por eso que se fue quedando pelado. Bastaba con llegar a la calle Corrientes para que la mesa nos encuentre a todos reunidos y entonces, mientras el aprendía entre tecla y tecla, yo agarraba las tazas, y dándolas vuelta las hacía girar bajo su piano, viendo una y otra vez sus pies, marcando vaya a saber uno qué compás. Después apilaba mis sueños y me detenía horas en los aros capturados en los metales de las esculturas de esa casa, tan pacíficamente embrujada. Nunca fui muy buena con los números tampoco, pero creo que faltarían 30 años o o algo así de cerca, para encontrarme por primera vez, con el nieto de esa casa que, contemplándome en mi rol más solo, dibujó en mi cuerpo cada uno de nuestros rincones. No te pierdas, viste lo que dije acerca del amor incondicional que sucede, por ejemplo, al acariciar una mejilla, al preguntar cómo te fue, al decir te amo hasta naturalizar toda esa música y encontrarse al fin, con un poeta tan desconocido como aquello que se vuelve entrañable, al recordarnos. Como decía, nos hicimos compañeros casi instantáneamente. Y si bien podía estar horas, capturada entre la Chantilli de los merengues, cada vez que un error a él lo perturbaba, no dudaba un segundo en desparecer como títere, por debajo de la mesa, a contar los zapatos de los invitados, mientras evocando sus miradas, el volvía a empezar, enhebrando conmigo en sus notas, el silencio mas dulce. ¿O serán sus manos, que hacen del silencio un compañero? Así y todo, mil veces le cerré la puerta en la cara, pero cuando me salió el vitiligo en el empeine por ejemplo, recuerdo que él se asusto mas que mis padres. Durante dos años me pasó un ungüento milagroso y abanicando mi escepticismo incuestionable, festejó como un campeón el día que empezó a ver dibujos en esa mancha blanca que de a poco, era invadida por pecas color té con leche. A que vos lo ves a Beethoven, le decía. El, en repuesta, me decía que con la vista a mi me pasa lo mismo que a él con las notas musicales (debe ser, tal vez, que me quería hacer sentir inteligente, pienso a veces) Después bajábamos y estábamos horas jugando a marearnos en la terraza para atravesar luego, una serie de llantas puestas en un camino de zigzag armado previamente. A veces lo dejaba ganar, a cambio de que los días jueves me de un lugar en el arco cuando venían a casa sus 7 amigos. Después entrábamos, y mientras todos tomaban la leche, yo desde la esquina, imaginaba mis siete casamientos. El nunca se enojó del todo conmigo: siempre supo que es mi preferido. Y mi imposible. Desde que perdió a su amor, estuvo noches enteras ahogado, viendo una y mil veces catorce mil videos, quedándose ahí, con la reja abierta, sin notar siquiera sus lágrimas y el ruido escaso del enter en el teclado mas las dos o tres canciones repetidas. Si vos supieras la cara que puso, cuando la vió en la luna, cuando escuchó, gracias a vos, su nombre en su canción. Estuvo una semana flotando, recobró, sin explicación alguna, algo de velocidad en sus movimientos y una risa sutíl, que el sábado pasado volvió a ser, al fin, carcajada (yo creí haber alucinado, pero hubo testigos que parecen confirmarlo) Volvió a abrigarse (así como si le hiciera falta) y a combinar las zapatillas con la remerita deportiva comprada en el últimos viaje. Últimamente se entretiene viendo el mundial de natación y me pidió que por favor le trajera de casa unas antiparras que yo, en su lugar, pude guardar para ducharme. Se ríe de mi fanatismo por Lugosi y el a cambio, ya no pierde tanto las llaves (ni tampoco se enoja tanto conmigo si yo pierdo las mías) Y justo estaba pensando en éso cuando dí la segunda vuelta, la puerta se abrió y, tras un camino eterno de cartones que fui pisando, me bastó con permanecer de pie tras el sillón verde de pana, frente a nuestro silencio, contemplando el muro de su espalda para cuando noté que las cortinas habían sido baladas y entonces toda su música volvía, al fin, al living de casa.
miércoles, 20 de julio de 2011
Niñera Armadura
Ya la había visto varias veces. No tanto entre las aulas sino mas bien deambulando, con sus manos ocupadas siempre, en algún que otro pasillo. Pero la mañana de ese día martes en la clase de estadística, trajo consigo algo más que esa sensación de esperanza de llegar, al fin, a mitad de la semana (es que ella llevaba unas cerealitas en su mano que combinaban perfectamente son su sweater entre anaranjado y color durazno) Entonces apoyó los pies sobre la línea de bancos de adelante, quedando casi casi en posición de parto, viste? Dos laterales unidos por un techo invisible. Se dio vuelta, me ofreció una galletita y dije para adentro: es igual a Luisina Brando. Esa costumbre un tanto tensionante que me acompaña desde chica. El mutismo del orgasmo que concluye en el momento exacto de encontrar un parecido (ahí vuelvo, es que tengo una jefa nueva que me está enseñando muchas cosas
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